Las estrategias zodiacales

Al impulsivo e individualista Aries, el primero de los signos, acostumbrado a vivir en clave directa, individualista y de acción no le resulta especialmente conflictivo asumir, aceptar y expresar su condición homosexual. Para Aries, que rara vez se siente incómodo consigo mismo, lo más importante es sintonizar con su esencia personal y expresarla en consecuencia, guste o no a aquellos con los que se relaciona. “El arte, hijos míos, es ser absolutamente uno mismo”, dejó escrito el maldito Verlaine, no sé si antes o después de haberle disparado a su amado Rimbaud, para dirimir unas pequeñas diferencias de pareja al modo ariano.

Con el escaso tacto que le caracteriza y movido por su incorregible afán escandalizador, Aries suele dar a conocer sus preferencias más íntimas por la vía rápida, sin disimulos y sin darle demasiada importancia a las formas.  No necesita hacer una construcción teórica ni retórica que justifique lo que para él constituye una obviedad, ni tampoco necesita preparar sus defensas ante un previsible ataque o cuestionamiento porque él ataca más que defiende, no le preocupa demasiado ser aceptado y, sobre todo, confía en dominar cualquier situación por complicada que resulte.  Esto explica que el ariano no salga a través de la puerta del armario, suponiendo que alguna vez hubiera estado en él, sino más bien lo haga destrozándolo a golpes o pegándole fuego a todo el mueble, seguramente con la intención de que el ruido o el humo provocados sean, por una parte, la prueba inequívoca e irrefutable de sus siempre categóricas decisiones y, por otra, para que se anule la posibilidad de volver a instalarse en un refugio conocido.

Aries sale del armario de golpe, en cualquier momento y sin hacer demasiadas concesiones a nadie. De esta forma, Tennesse Williams lo hizo un buen día, de imprevisto, de cara y en  televisión. En la misma línea, Eduardo Mendicutti, habla y escribe de forma valiente, sin tapujos ni rodeos de la homosexualidad, incluso en los no tan lejanos tiempos en los que la censura todavía tenía las tijeras afiladas.

Al lento y calculador Tauro, un signo fijo y apegado a la tierra, no le resulta fácil o no lo considera del todo interesante explicitar sus intimidades, un ámbito que él siempre cierra y defiende de las miradas ajenas. Su desconfianza natural unida a su necesidad de discreción le invitan a callar y a madurar cualquier tipo de acción que tenga prevista, porque Tauro todo lo que hace lo tiene previsto y revisado de antemano.

Tauro vive la experiencia homosexual de forma silenciosa, aunque no necesariamente tormentosa y necesita mucho tiempo para asumir su orientación y, mucho más para darla a conocer. Contrariamente a Aries, que puede desnudarse ante cualquiera y en cualquier momento, el taurino esperará a que el tiempo confirme sus íntimas certezas y si, finalmente, decide dar a conocer su condición, será algún miembro de su familia, seguramente su madre, la depositaria de este especial mensaje.

A Tauro le cuesta decidirse, pero cuando lo hace no da marcha atrás y asume las consecuencias de sus acciones. Fiel a sus convicciones y poco amigo de estridencias, intentará vivir su orientación de forma natural y a adaptarse a la forma de vida que impere en su medio social. Desde su óptica burguesa, materialista y conservadora, es capaz de adaptarse al gueto y vivir tranquilamente en el anonimato, antes que ser abanderado de la estridencia, la militancia o cualquier otra forma de activismo que pueda poner en peligro sus certezas, sobre todo materiales y, especialmente, su trabajo, un ámbito que para él reviste vital importancia, pues le aporta la seguridad que siempre anhela y que no está dispuesto a comprometer con salidas airosas del armario.

El taurino no es un transgresor, ni se deja llevar por confianzas puntuales. Desde su perspectiva de practicidad, es de los pocos signos del zodíaco que saben “ver, oír y callar” sin hacerse mala sangre y vivir conforme a su mandato interno. Lluis Llach, el taurino cantante catalán, nunca ha ventilado sus intimidades por mucho que le han invitado a hacerlo, mostrando siempre un talante discreto, distante y ambiguo. Del mismo modo, el genio Balzac, admirador inequívoco de la belleza masculina, disfrazaba sus devociones con parecido sello de ambigüedad andrógena.

Géminis, eterno adolescente instalado en la contradicción, la inestabilidad y la duda, vive la experiencia homosexual según la etapa de vida por la que esté pasando, habida cuenta de que su existencia suele tomar tempranamente la forma de tránsito y de continuo trasiego. El geminiano, que siempre intenta buscar una explicación racional (es un signo mental) a cualquier situación, suele experimentar recurrentes crisis cuando intenta descifrar sus íntimas orientaciones. Lo que para otros signos zodiacales constituye una vivencia categórica, para el geminiano no lo es tanto, pues a su cambiante naturaleza se le suma la incidencia que sobre él obra el medio ambiente y las relaciones personales que va estableciendo que, más que a ningún otro signo, le afectan sobremanera.

El geminiano es muy dado a torturarse y a caer en la depresión y el abandono de sí mismo y siente un miedo extraordinario al aislamiento y a ser rechazado por los demás, en tanto que él interpreta la vida en clave de relación y de comunicación. Géminis no es un signo callado y, por consecuencia, no le cuesta verbalizar sus intimidades, pero también es cierto que no acostumbra a hacerlo ante cualquiera. El geminiano elegirá a un amigo o un colega íntimo para darle a conocer sus tendencias y, dado este paso liberador, se sentirá mucho mejor consigo mismo, al menos hasta que nuevamente le asalten las dudas, porque la duda forma parte de su ecosistema personal y no sólo respecto a sus orientaciones más íntimas.

El prototipo de la bisexualidad se encarna perfectamente en Géminis, un signo que es capaz de atormentarse por la cuestión más nimia y de resolver como nadie la más compleja. A su manera, naturalmente, que es una mezcla de ingenio, de versatilidad y de hábiles construcciones teóricas, estructuradas bajo el principio de relatividad. En Géminis, la polaridad se hace una y no es de extrañar que sus inclinaciones también sean variables. Más que en otro signo, el principio de contradicción toma cuerpo en Géminis y de una u otra manera sale a la luz. Djuna Barnes, la conocida escritora, siempre negó su lesbianismo, reconociendo igualmente su amor por Thelma Wood. De forma parecida, la también escritora Marguerite Yourcenar, construye un notorio distanciamiento entre su vida personal y su obra literaria: “En fin, es algo muy sencillo: primero una pasión; después una costumbre y, al final, sólo una mujer que cuida de otra mujer enferma”.

Cáncer, fiel a su naturaleza de agua, es un signo que tiende a amurallarse y a protegerse, incluso de sí mismo, dentro de su pétreo y cómodo caparazón que le permite congelarse en la niñez. Con una sensibilidad a flor de piel que, con frecuencia, le anega todas las esferas de su vida, al canceriano no le resulta fácil nadar contra corriente y, mucho menos, arriesgarse a salir de su cómoda fortaleza interna, de su intenso mundo interior. Por consecuencia, tiende a vivir su condición homosexual de forma silenciosa, contenida y manteniendo en todo momento una actitud defensiva, cerrada y no siempre bien digerida.

Desde su particular óptica, todo lo filtra a través del “sentir” y esto explica su adicción a psicoanalizarse constantemente y a desconfiar de los planteamientos lineales, reduccionistas y racionales, tipo Géminis. Cáncer tiende a la pasividad, a la subjetividad y a la  duda y, como el cangrejo, da un paso hacia delante y dos hacia atrás cuando se dirige hacia una meta. Esto no significa que no sea perseverante, más bien es una indicación de su tendencia a obrar según su estado emocional que es, en definitiva, el que vertebra su forma de actuar.  En todo Cáncer habita un niño caprichoso y protestón que se resiste a crecer y que prefiere encerrarse en un mundo de sueños, más que asumir las responsabilidades a las que la cruda realidad obliga. Melancólico, victimista y, en el extremo, fatalista, utiliza como pocos la estrategia del llanto y del patetismo para lograr sus fines.

Como es de prever, a Cáncer le cuesta salir del armario porque éste le otorga, por una parte, la privacidad y el grado de seguridad que siempre anhela y, por otra, le permite seguir recreándose en sus particulares paraísos artificiales sin que las miradas ajenas perturben sus veleidades. No obstante, si se siente obligado a dar este trascendental paso, será un miembro de su familia, el que él sienta más cercano, el primer depositario de su guardado secreto. Cáncer ama por encima de todo a su familia y la mayor parte de las veces se resiste a comunicar su condición homosexual por miedo a inflingirles un pesar y, sobre todo, para evitar perder la afectividad de los suyos.  El sentimiento de culpa y la vergüenza, rara vez le abandonan y, en parte, explican sus resistencias.

Cáncer es el signo al que más le cuesta salir del armario porque, precisamente, los armarios y, por extensión, todo aquello que sirve para contener, los rige este nocturno signo que, visto desde fuera, parece tener detenido su personal reloj emocional. El canceriano vibra con la estética “camp” y cultivando todo aquello que le recuerda el ayer, su tiempo preferido y del que siempre se resiste a salir de frente. Si la vida se lo permite, prefiere esperar y usar vías indirectas (escribir, actuar, disfrazarse) antes que dar a conocer su orientación vital. George Michael, famoso canceriano e icono del pop mundial, durante décadas proyectó una imagen extremadamente viril y sólo salió del armario después de ser detenido por “conducta inmoral”  en unos retretes públicos. Al modo canceriano, se justificó, pidió disculpas, lloró, se reconoció débil y, sobre todo, se sintió indignado porque su sexualidad se hubiera aireado públicamente. Eso fue lo peor: no poder volver a usar un armario profanado, que ya sólo le iba a servir para guardar sus trajes de Armani, otro canceriano experto en fondos de armario.

Para Leo, un signo de fuego, de evidencias y de estridencias, asumir y expresar abiertamente su naturaleza diferente, rara vez constituye un problema. Acostumbrado a vivir en primera persona y a estar a la altura de sí mismo, el leonino se deja guiar por el corazón y articula su vida según sus propios criterios, calculando muy bien la imagen que pretende proyectar e imponer a los demás. Sin duda, el hecho de ser o no homosexual, lo pondera según su conveniencia o intereses generales y siempre y cuando esta condición no distraiga o tape la imagen que pretende dar de sí mismo y de su obra que es lo que él, finalmente, considera importante. Para Leo, acostumbrado a posar, su imagen global es la que cuenta más allá de lo que el considera pequeños matices, irrelevantes en relación al todo que, obviamente, es él.

Por lo común, no suele hacer alarde de sus inclinaciones íntimas, pero tampoco tiene la necesidad de ocultarlas porque, según su perspectiva, la claridad y la aceptación de sí mismo no tienen apenas cuestionamiento. En Leo todo está a la vista, sobre todo lo importante. Fuerte, voluntarioso y determinativo, da la cara cuando conviene y no se oculta ni sale corriendo cuando alguien le intenta descalificar, insultar o agredir. Se cuenta que el nóbel Jacinto Benavente, un leonino singular, se topó un buen día con un individuo de proporciones amenazantes que le espetó: “yo no me aparto para que pasen maricones”, y él, bajándose de la acera, con desdén y con la fina ironía que le caracterizaba, le contestó: “pues yo sí”.

Resulta difícil encontrar a alguien nacido bajo el signo de Leo, el máximo representante de la luz, que haya vivido encerrado en el armario, por muy difíciles que hayan sido las condiciones ambientales en las que se haya desarrollado su existencia. El armario, antítesis del lucimiento y de la autenticidad, no forma parte del arsenal de Leo, un signo que necesita mirarse cada día al espejo y ver en sus ojos el especial brillo que sólo emana cuando uno es auténtico consigo mismo.

Homoróscopo

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